Es decir: Recuerdo las negras mañanas de sol cuando era niña es decir ayer es decir hace siglos
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23 de agosto de 2004

No sabés matar (me)

Luego de la noche, amanecer, mañana y centro del día, mediodía, que juntaron la presencia de él y mía bajo un mismo techo sobre diez pisos intercalados, cada cual con su boca de ascensor que bosteza en posición de labios cerrados y verticales escupiendo de vez en cuando a una niña me cuestiono, nos pregunto ¿qué tan agudos sonamos? ¿No nos habremos alejado más? Si las cosas al acercase suenan más agudas y al alejarse dejan de hacerlo, cómo estamos sonando; o diríamos ¡sonamos!, nos acercamos demasiado. A veces acercándonos terminamos por alejarnos.

Una vez, una escritora escribió la siguiente pregunta: ¿y qué hicieron mis abuelos la noche en que se acostaron juntos y descubrieron que ni él era mi abuelo ni ella mi abuela y viceversa? ¿Qué hicimos nosotros la noche en que descubrimos que ni vos eras de palabras ni yo era de palabras y viceversa? ¿Nos equivocamos al hacernos carne? ¿Habrá sido el paso para hacer de estas palabras carne de canón? Sos malo, ignoras el placer de matar. Matarías si estas furioso o abrumado de mucho vino, saturado te dejarías llevar al asesinato. Pero ignoras el placer de matar, la simpatía de dar muerte con una caricia, de intervenirla en esos juegos que son como los de las bestias: los gatos, los tigres, toman en sus brazos a sus presas lamiéndolas al mismo tiempo que las magullan. Fuiste malo, de los peores esa noche, ignoraste el placer de matar. Habras matado quién sabe cuántas veces sin ignorar su placer, y esa noche, tomándola como cualquier otra noche de asesinatos por tu cuenta, seguiste el proceder que utilizas con otras víctimas y no lograste matar a nadie. Porque ignorando el placer de matar no se mata a nadie. Proceder como procediste con víctimas de antaño nos arrebató el placer, nos dejó con una víspera en los brazos, te mostró el camino más incorrecto dejándote velado aquél que es verdadero y no mataste a nadie, sos malos pues has aprendido de memoria el itinerario que te guió con otras víctimas y cada víctima es distinta, a cada presa se la abraza magullándola, lamiéndola distinto. Bajo ninguna circunstancia debes pensar que las víctimas que elegís para ser presa o carne tienen algo en común más allá del deseo de ser asesinadas, pues no hay otro motivo que explique el por qué se contonean en nuestros brazos, más que el deseo de ser asesinadas. Todas las víctimas somos distintas, y el vértice que es encontronazo entre vida y muerte en antifaz asesinato nos diferencia.

La decepción de noches como esas es la decepción que ataca sólo a la búsqueda, es otro de los tantos latigazos que recibe la búsqueda, que deja herida, y una herida a la búsqueda es quedar prendida a la frustración que proyectada en el otro, se llama decepción... es como dice Cioran:

Durante largo tiempo me obstiné en hallar a alguien que lo supiera todo sobre sí mismo y sobre los otros, un sabio-demonio, divinamente clarividente. Cada vez que creía haberlo encontrado, debía, tras un examen, cambiar de opinión: el nuevo elegido tenía todavía alguna mancha, algún punto negro, no sé qué recoveco de inconsciencia o de debilidad que le rebajaba al nivel de los humanos. Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no-hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.