Que se expiren los primeros momentos de una relación donde todo lo tácito se va manifestando a cuentagotas, de a suspiros, con fallidos y eufemismos es, digamos, nostálgico; pero que no se expiren nunca, es, lisa y llanamente, una ‘jadeputez del destino, un dolor de útero acalambrado, una cosa innecesaria. Basta.