Y quería volver a escribir. Por mi salud, por el amor propio, por sentir al lenguaje mi paso firme, mi qué dar, un acá estoy entremetida en imbricaciones constantes que se espejan siempre en un otro que es la mismidad más íntima. Esa famosa otredad interior, ese término lacaniano de lo éxtimo, el lugar donde da en la tecla el psicoanálisis, y no hay otro, ni otro más interesante -ahg... ¡pasan los años y vuelvo una y otra vez sobre los mismos temas!-. En fin, volver para agarrar a la palabra por sus patas infinitas y hacer de esta vorágine de cotidianidad un lugar con un momento seguro. Escribir para ser frente a un espectáculo natural, un atardecer en un horizonte visto desde un precipicio, la interpretación a solas de todos los signos, la traducción inútil del abismo irreductible que hay entre eso otro y yo.