Es decir: Recuerdo las negras mañanas de sol cuando era niña es decir ayer es decir hace siglos
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24 de marzo de 2007

Vendetta


El fornicio si no se da estando una drogada y/o alcoholizada implica casi necesariamente saber algún dato del otro participante, preferentemente salubridad y estado civil. Hay veces en las que esos dos datos se convierten en uno solo, por ejemplo, cuando fornicás con el novio de la hija de uno de los postulantes a la Jefatura de Gobierno.

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19 de marzo de 2007

Principes féminins XV

Mensaje a las biólogas: mujeres, ahora que consiguieron liberarse y les permiten estudiar Biología, mi mensaje es: investiguen "un pito en el talón". Lo que necesitamos las mujeres es un pito en el talón.

Todos los créditos a un biólogo frustrado

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14 de marzo de 2007

Principes féminins XIV

Para mí la solución al malestar luego de cualquier ruptura es volver a esa hippie conducta de contemplar los pequeños placeres. Detenerse a pensar en los movimientos de los vecinos cuando caminas hasta la estación. Imaginarse el universo que vive un gato. Barrer la casa con los auriculares y el nuevo descubrimiento afrocubano o de folk psicodélico. Fumar y salir a probar un helado nuevo. No quejarse tanto, que la ropa te importe menos y que depilarse pase a un segundo plano. No corregir y sonreír ante el "si habría" y no "si hubiese".

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22 de febrero de 2007

Choznas

En el siglo diecinueve una alumna de la clase de piano le escribe a su compañera

Le escribí. Pero le escribí sólo porque ya deseaba obsesivamente esperar algo. Que no llegue no importa, yo solo quiero esperar.

Su compañera guarda esa nota hasta que muere. Queda escondida en el fondo falso de una caja de música y pasa de hija en hija.

De hija en hija.

(Escuchen cómo suena)

De hija en hija.

De hija en hija.

Y hace siglo y medio que cargamos con esa culpa. Cinco generaciones de hembras al pedo, una y otra vez queriendo lo mismo, queriéndolo lo mismo. Y sí, por sobre todas las cosas que hay por hacer, esperar, esperar ¡esperar!

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5 de diciembre de 2006

Captain - If I lose the lighter in this storm, the piano shall not be screaming

Tené en cuenta que de un mal comienzo no se sigue necesariamente a un equivalente final. También tené en cuenta que en lógica, en la intersección precisa de todos los conectores, puede pasar cualquier cosa y de ahí sí se sigue que, necesariamente, al final del entredicho se le suma una interjección que indica qué pasó.

Varones, conozco a los que pueden volar y a los que no. Me falta conocer al que sepa comandar su vuelo y a partir de ahí nadear con él. Pero yo ¿yo sé comandar el mío? Odio los vasallajes. Seguro que para encontrarlo tengo que primero aprender a comandarme – en vuelo, no pidas más que eso es todo lo que ahora, en vacaciones, importa y mucho (vuelvo a apendejarme) ¡pelotudo, ¿por qué no me llamás?! - ¡Ni loca! No acepto ese trato hipotético parafrénico lisérgico y así y todo bastante bien arraigado entre nosotros, muy estatuido cuando decimos “hola” por ejemplo, ahí de una. No lo acepto, no son justas las sucesiones, no tiene tanto sentido el menester, el orden o la dialéctica piagetiana, estructuras y la puta que los parió. Yo quiero saltear unos cuantos pasos y ahora ya mismo verte comandar [se viene la comparación pedorra] como jugándola de espectadora adquiriendo de un padre los conocimientos sobre el uso correcto de la mentira descarada [e incestuosa]. No saber comandar mi propio vuelo – el uso correcto de la mentira – verte hacerlo (“lo” means to fly directed), y mirá que ni aprender a hacerlo (“lo” means the same) quiero. Solo verte y con esto ya estoy. Ya estoy.

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1 de diciembre de 2006

El día tiene tantos colores como vos… cantaba el novio que tuve en mi adolescencia. Lo escribía inspirado en esta blogger, mintiéndole a esta blogger que estaba inspirado en ella; el varón que te vuela la cabeza, que tiene una bandita, se viste de negro, te lleva doce años y te toca timbre a las tres de la mañana para fumarse un porro con vos. Para contarte lo último que leyó de Artaud y vos ahí, con el uniforme de la escuela que no te lo sacabas nunca, para qué si al otro día tenías que volver y te habías bañado a la tarde, después de salir de gimnasia; ahí, sentada con él en el porche porque siempre era verano y la casa no se podía llenar de olor a marihuana. Ese vuelo gigante que te pega el varón en la cabeza, que tenés quince años y te pide que le recites Rimbaud mientras te dejas tocar por debajo de la pollera tableada de tela escocesa, mientras lees “El Barco Ebrio” y él te cuenta cómo su primera banda llegó a llevar ese nombre. Cuando tocaba en los más ruines barcitos del conurbano y ahora grabó un disco, y cómo se enfermó grabándolo porque era pleno invierno y te regala la nueva letra de la canción vieja, te dice que sos un ojal de perfume… una estrecha cavidad que se adjetiva por su juventud y te dice que él tiene buen juicio en esto de las comparaciones porque es músico, es adulto y vivió las peores y las mejores. Probó la mejor y la peor, siempre sabiendo lo que probaba, lo que y a quien; y un día lo tirotearon desde un auto por dejarle la marca en el cuello a una nena. Que vivió en la calle y que se gastó todo en equipos, que los equipos se los afanaron con la camioneta pero que nunca aprendió a manejar. Sos tu principio al lado del varón, tomás con él y le pegas a la gente en la calle, grabas un disco, te gusta el jazz y sos cantante de tango; viajas por algunas ciudades y no está mal engañarse. Lo internan. Se muere. Volvés a la escuela y te recibís con el mejor promedio. Si eras su chica, cómo no ibas a estar a la altura de las circunstancias y hacer una fiesta en la sala de ensayo. Nadie te culpa y todos te empiezan a llamar Layla porque te habías cojido al baterista y sus últimos días fueron jugarla de solista, pero con vos. Todavía están los muertos que parlan en el barrio donde naciste, esos de la birra en la esquina, que envejecieron de una vez y para siempre, esos que al pasar te gritan ¡Layla, qué cambiada estás!

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13 de noviembre de 2006

Rehabilitación

Las mejores relaciones siempre las tuve con hombres que me despertaron luego, quiero decir con luego, varones que me agradaron después, no inmediatamente. Lo que pasa es que para mí están los tipos que te encandilan al instante de verlos, esos que decidís llevártelos a la cama aunque no sepan conjugar bien un verbo o aunque se les escape por ahí algún lugar archicomún cuando quieren parecer interesados en un tema; y están los otros, esos que entran en la habitación donde estás vos y si volteas para mirarlo lo pasas rápido esperando si hay de la otra especie. Ese tipo que se pone a hablar en la mesa y vos lo escuchas atenta al mismo tiempo que te preguntas a cuál de todos estos le daría murra hoy. Ese que está exactamente hablándote cuando te hacés la pregunta mirando a su alrededor. Entonces están estos tipos: el que te encandila y el que pasas de largo. Decía que mis mejores relaciones las tuve con tipos que me despertaron luego esas incontrolables ganas (y evidentes en mis gestos, y obsecuentes en los chistes, y soberbias en la seguridad de tener meta) de dar un beso, de tocar, de apretar la piel, de raspar con los dientes el cuello, de tirar el pelo, de apretar con la entrepierna sobre su jean para que sienta más, del primer contacto de piel to piel ahí, del entrecortado respiro en las orejas, de la lengua en la oreja, del jadeo suave, de la mirada en silencio, del grito aprisionado hace rato, de eso. Siempre y sin excepción aquél tipo que de movida entró como suplente termina, desconociendo con ingenuidad el modo en el que lo hace, termina digo, siendo uno de mis Top Five, termina siendo anécdota con sonrisa, siendo quizás por quien lloro, o con quien no juego a lastimar, quizás algún día uno de esos termine siendo mi próximo divorcio, andá a saber. Lo que me llama la atención es que aún conociendo esta Ley, y sabiendo que al parecer es irrevocable, cada vez que me encuentro con uno de esos varones y doy, luego, rienda suelta a mis ganas más inherentes, vuelvo a casa y me sigo sorprendiendo como la primera vez. Como si no supiera yo de leyes. Como si no existiesen ya. Como si hubiera que inventarlas a todas de nuevo a partir de esta sorpresa que tiene, si el azar juega a mi favor, que loopearse indefinidamente.

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