Es decir: Recuerdo las negras mañanas de sol cuando era niña es decir ayer es decir hace siglos
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17 de marzo de 2007

Un reloj, una ventana y sus anteojos

En la nota un "Mi amor, ¿yo soy parte de la cura o de la enfermedad?"

Lo más difícil fue no aburrirse frente a la sistemática incredulidad de los parientes. Lo que más nos costó fue no dejar entrever el hartazgo que sentíamos cada vez que teníamos que volver a explicar que sí, que se había suicidado y que tampoco lo podíamos creer.
Yo digo... qué se tiene que andar enterando todo el mundo que uno ha muerto ¿no?

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6 de marzo de 2007

Entrevista

Como humanos, la mayor ofrenda que pueden hacernos es inventarnos un personaje absolutamente nuevo. Los escritores estamos hartos de los humanos, ningún personaje ofrendado es nuevo para nosotros, por eso vamos a las palabras y creamos nuevos. Nos enamoramos, odiamos, bailamos, discutimos y dormimos con nuestros personajes. Por eso nuestras esposas y maridos se nos divorcian, nos engañan, nos abandonan. Y nuestros hijos… nuestros hijos terminan siendo carne nueva que nos compite y en el fondo nos odia y ama, y nosotros verdaderamente mataríamos por ellos, verdaderamente lo haríamos, pero no desde un acto de amor, de altruismo, no… lo haríamos desde una aspiración insegura, llegar a la última expresión de nuestros movimientos y asegurarnos un lugar casi inalcanzable para nuestros hijos. Sí.

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27 de febrero de 2007

Samsa también descubre su metamorfosis porque despierta

Estoy dormida. La persiana baja lo deja todo en la oscuridad. Se escucha un ruido que antecede el despertar: es el ascensor. La autora es la única que tiene noticias de este ruido, porque la durmiente, por definición, no se entera. ¡Por dios! ¡Qué sonido de mierda le puse al teléfono! Evidentemente, dimos paso a la que era durmiente. Una palma tantea mi entorno inferior que es tela, goma espuma, hilo, baba, ácaros, temperatura y sudor y encuentra el teléfono. Era una alarma, mí alarma para avisarme que según mis propios cálculos ese día la crisálida #13 se rompería y nacería mi décima mariposa. Restan por nacer siete. Hay siete pupas sin eclosionar. Hay diez pupas que eclosionaron. Hay tres que ya no van a eclosionar nunca más. Todas tienen un número, ese es su nombre. ¿Cuántos nombres hay en total? Hay veinte. Como la edad que tenía cuando empecé a hacer esto.

Interrumpe la autora: esto es una especie de background que te da ella para que tengas dónde apuntalar tu imaginación cuando te diga que sus cálculos, se mete de sopetón la que era durmiente: ¡lo quiero decir yo! que mis cálculos tienen la precisión de un reloj suizo y yo acabo de ver en este cuarto el nacimiento de una de mis mariposas. La que se llama Trece. Ahora miro el recorte de Vladimir Nabokov que está pegado en la pared y me dan ganas de llorar, pero no lloro y me pongo a leerlo en voz alta. Hago lo que no planeo hacer con ninguna de las crisálidas que jamás eclosionaron. ¿Para qué darles este regalo desde mi lado del mundo que les da bienvenida a un puñado de muertas? ¿Para qué?

Y ahí está ella que mientras pendula aprovecha para liberar de a poco sus alas y reconocerlas como firmes partes de su cuerpo; desinflando de a poco la panza que sale siempre hinchada porque las mariposas al nacer tienen el abdomen diez veces más grande que el tamaño normal. A que no lo sabías. Y mientras que de todo esto se encarga ella yo camino como autista en la habitación leyendo. Relatándole. Contándole. Mostrándole a mi mariposa un pedazo de este mundo al que vino.

Unas horas después tengo sueño y apoyo la cabeza en mis brazos, sobre la mesa. La autora retoma: para comprender del todo a este texto, es necesario recurrir al recorte que mencionaba la durmiente. No se moleste en buscarlo, aquí lo tiene. Mientras Ud. lee eso, yo voy a subir la persiana para que la mariposa salga.

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22 de febrero de 2007

Choznas

En el siglo diecinueve una alumna de la clase de piano le escribe a su compañera

Le escribí. Pero le escribí sólo porque ya deseaba obsesivamente esperar algo. Que no llegue no importa, yo solo quiero esperar.

Su compañera guarda esa nota hasta que muere. Queda escondida en el fondo falso de una caja de música y pasa de hija en hija.

De hija en hija.

(Escuchen cómo suena)

De hija en hija.

De hija en hija.

Y hace siglo y medio que cargamos con esa culpa. Cinco generaciones de hembras al pedo, una y otra vez queriendo lo mismo, queriéndolo lo mismo. Y sí, por sobre todas las cosas que hay por hacer, esperar, esperar ¡esperar!

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16 de febrero de 2007

Supongamos que cada vínculo tiene la capacidad de desenlazarse de dos modos exhaustivos y necesariamente antagónicos –de ser exhaustivos, como digo que son, obvio que son antagónicos ¡estas cosas corregidme!-; ahora que suponemos eso, pensemos en un vínculo. Yo voy a elegir el que creaban mi hermana mayor y la dueña del pronombre posesivo “mi”, léase, yo. Yo acabo de elegir ese y me propongo seguir adelante con este texto evitando cualquier tipo de pausa innecesaria, me obligo agarrándome de ese vínculo a la escritura, aunque sobre velocidad, aunque esto pueda caer en manos de cualquiera. Me prometo, y lo digo mientras caen las primeras gotas de esta lluvia de verano, mientras canta Joanna, me prometo no frenar, seguir y ver qué pasa. Ahora me dispongo a bajar la dosis de solemnidad.

Bajemos. Respiremos con la boca abierta. Una bocanada fresca, darling, there's a place for us can we go, before I turn to dust? Y ahora se escucha el bifurcado final.

Las personas se mueren, eso pasa todo el tiempo. Por ejemplo yo acabo de morir en el recuerdo de alguien. Un kiosquero hace dos años se equivocó al darme el vuelto y la vergüenza al notarlo provocó un sesgo emotivo que sirvió de presión a una huella casi indeleble y así duré dos años en su memoria, pero hace unos minutos me olvidó. Yo acabo de morir en el recuerdo de alguien. En la Estación Tribunales compré dos viajes para el subte y morí cuando ponía el pie en la escalera eléctrica. Había muerto en el recuerdo de alguien. Estas son cosas que pasan todos los días y no nos afectan demasiado. Lo que nos afecta es el asesinato o en otras palabras cuando eligen olvidarnos, o dicho de otro modo un poco más victimario, cuando elegimos olvidar. Yo asesiné mi recuerdo de alguien, estas son cosas que hago todo el tiempo.

Así pudo haber muerto mi hermana, Oficial.

Otra historia es si se suicidó.

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15 de febrero de 2007

A veces también somos esto

- A ver... bajalo un cachito.
- ¿Así está bien?
- No no.. un poquitín más.
- ¿Ahí?
- ¡Ahí! El volumen indicado es el que te hace sentir más cerca del sonido. Pero en esa frase no se cumple la premisa "los sonidos se vuelven más agudos al acercarse". En este momento me di cuenta de que no se cumple ninguna de las leyes más corroboradas de la física, de que en este momento se deshizo el universo.

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11 de febrero de 2007

Y hoy que es sábado por la noche y las cosas callaron. Los planeadores se hartaron. La caminata no cansa y la duda pasa a ser un ritual habitual donde cada mínimo detalle se mantiene intacto. Ahora que la culpa de tentarme y caer para él se ha cansado de derrochar insultos y por fin se ha dormido. Ahora. Se abre la puerta y entra Melisa. Usa una remera con una entrada a Melisa y un dibujo de Melibé en plena y lenta asfixia. La pintaron blanca y nada de esto le es indiferente.
Pero todavía no... parándose sigilosa puso su mano en mi hombro y suavemente me corrió de la silla. Estoy en la trama.
Todavía no - me dijo-. No hace falta que lo sepan todavía.
Y ahora escribe ella. Sigue siendo ella.

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9 de febrero de 2007

Sin querer cerré sesión en mi cuenta de gmail ordinaria. Ordinaria… digo ordinaria queriendo decir que tengo otras cuentas. Una para hacerme la Lolita por la net. Es que a veces me divierte entrar en páginas como las de AFF y calentar a más de un cincuentón que se cree invencible. Otras veces me gusta ingeniar avisos bizarros y publicarlos en Grippo, a ver qué responde la gentuza y para ello entonces necesito otro correo que tampoco sea el mío, es decir, que no sea el ordinario. Alguna que otra vez quise ver qué reacción tenía algún novio si una minita les presentaba coqueteo por mail, así que ahí sumamos otra cuenta más de correo electrónico, alguna con un nombre sugestivo pero pasible de ser encontrado entre la multitud de hembras que sí les darían bola a alguno de los novios que tuve. El nombre no tenía que ser tan vulgar como Karina (sepan entender Karinas y asumámoslo) ni tampoco tan moderno como Zoe, tampoco tenía que insultar la inteligencia de la presa –léase, algún ex con el que quería jugar a detective- llamándose Alina, como la de Cortázar, ponele. ¡Uy y el apellido! Porque había que usar apellido, no estaba bien poner números, eso era de malgusto. Claramente me dejaba entrever en la selección minuciosa del nombre de mi seudónima, de mi amiga, de mis primeras Melibés; en algún punto quería volverlos a enamorar con mi personaje, quería volver a ser esa mascarita de los primeros meses aunque él tuviese todo el tiempo cara de monitor y a su vez y para Melisa, cara de novio, de pareja, de lo mismo… Habrán sido esos primeros juegos adolescentes la primera señal del derrumbe del sedentarismo romántico para mí. Cuando jugué a estar enamorada entendí rápido que había muerto el romanticismo y que si yo aprendía a jugar cada vez mejor nunca reviviría.

Hoy me relajo. La idea de resurrección fue un acto terrorista, un implante en mi encéfalo, un chip ultramoderno que los jesuitas del romanticismo me enchufaron. Es que tienen artillería pesada y con una tecnología de puta madre, qué querías que hiciera.

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5 de diciembre de 2006

Captain - If I lose the lighter in this storm, the piano shall not be screaming

Tené en cuenta que de un mal comienzo no se sigue necesariamente a un equivalente final. También tené en cuenta que en lógica, en la intersección precisa de todos los conectores, puede pasar cualquier cosa y de ahí sí se sigue que, necesariamente, al final del entredicho se le suma una interjección que indica qué pasó.

Varones, conozco a los que pueden volar y a los que no. Me falta conocer al que sepa comandar su vuelo y a partir de ahí nadear con él. Pero yo ¿yo sé comandar el mío? Odio los vasallajes. Seguro que para encontrarlo tengo que primero aprender a comandarme – en vuelo, no pidas más que eso es todo lo que ahora, en vacaciones, importa y mucho (vuelvo a apendejarme) ¡pelotudo, ¿por qué no me llamás?! - ¡Ni loca! No acepto ese trato hipotético parafrénico lisérgico y así y todo bastante bien arraigado entre nosotros, muy estatuido cuando decimos “hola” por ejemplo, ahí de una. No lo acepto, no son justas las sucesiones, no tiene tanto sentido el menester, el orden o la dialéctica piagetiana, estructuras y la puta que los parió. Yo quiero saltear unos cuantos pasos y ahora ya mismo verte comandar [se viene la comparación pedorra] como jugándola de espectadora adquiriendo de un padre los conocimientos sobre el uso correcto de la mentira descarada [e incestuosa]. No saber comandar mi propio vuelo – el uso correcto de la mentira – verte hacerlo (“lo” means to fly directed), y mirá que ni aprender a hacerlo (“lo” means the same) quiero. Solo verte y con esto ya estoy. Ya estoy.

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1 de diciembre de 2006

El día tiene tantos colores como vos… cantaba el novio que tuve en mi adolescencia. Lo escribía inspirado en esta blogger, mintiéndole a esta blogger que estaba inspirado en ella; el varón que te vuela la cabeza, que tiene una bandita, se viste de negro, te lleva doce años y te toca timbre a las tres de la mañana para fumarse un porro con vos. Para contarte lo último que leyó de Artaud y vos ahí, con el uniforme de la escuela que no te lo sacabas nunca, para qué si al otro día tenías que volver y te habías bañado a la tarde, después de salir de gimnasia; ahí, sentada con él en el porche porque siempre era verano y la casa no se podía llenar de olor a marihuana. Ese vuelo gigante que te pega el varón en la cabeza, que tenés quince años y te pide que le recites Rimbaud mientras te dejas tocar por debajo de la pollera tableada de tela escocesa, mientras lees “El Barco Ebrio” y él te cuenta cómo su primera banda llegó a llevar ese nombre. Cuando tocaba en los más ruines barcitos del conurbano y ahora grabó un disco, y cómo se enfermó grabándolo porque era pleno invierno y te regala la nueva letra de la canción vieja, te dice que sos un ojal de perfume… una estrecha cavidad que se adjetiva por su juventud y te dice que él tiene buen juicio en esto de las comparaciones porque es músico, es adulto y vivió las peores y las mejores. Probó la mejor y la peor, siempre sabiendo lo que probaba, lo que y a quien; y un día lo tirotearon desde un auto por dejarle la marca en el cuello a una nena. Que vivió en la calle y que se gastó todo en equipos, que los equipos se los afanaron con la camioneta pero que nunca aprendió a manejar. Sos tu principio al lado del varón, tomás con él y le pegas a la gente en la calle, grabas un disco, te gusta el jazz y sos cantante de tango; viajas por algunas ciudades y no está mal engañarse. Lo internan. Se muere. Volvés a la escuela y te recibís con el mejor promedio. Si eras su chica, cómo no ibas a estar a la altura de las circunstancias y hacer una fiesta en la sala de ensayo. Nadie te culpa y todos te empiezan a llamar Layla porque te habías cojido al baterista y sus últimos días fueron jugarla de solista, pero con vos. Todavía están los muertos que parlan en el barrio donde naciste, esos de la birra en la esquina, que envejecieron de una vez y para siempre, esos que al pasar te gritan ¡Layla, qué cambiada estás!

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30 de noviembre de 2006

Y goteó, goteó, goteó como una terca canilla que es canilla porque no se deja cerrar adecuadamente. Goteó como terca exagerada ante su expresión atónita, ante sus alaridos de sorpresa, de encuentro con una mujer tan bella, tan tercamente sincera

- Te dije, me mojo mucho, pero mucho.

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29 de noviembre de 2006

Actually, tengo que empezar este texto con una palabra en inglés, con esa palabra en inglés. Será porque estuve hablando mucho en ese idioma tan puntiagudo, tan carente de inflexiones o como mierda las llame un lingüista o como mierda llames a lo que me refiero vos que seguro sabés de lo que hablo pero no tenés idea qué es porque no puedo comunicártelo. Actually, decía – vieron cómo uso mucho eso de irme por las ramas y volver a lo que decía con el verbo “decir”. Aburre un poco ¿no? Lo aprendí en “La construcción” descerébrense y sepan de qué hablo, readers – sos el varón del cual me puedo enamorar así como quien no quiere la cosa. Resulta que tuviste la audacia suficiente para echarme esa mirada de te conozco de algún lado, para jugar por el tiempo exacto que dura la caída de una botella desde la mesa y que con su sonido estrepitoso nos devuelve al sur, porque en el sur también caen botellas así y esos sonidos se aprenden cuando uno es muy pibe y nos desconecta del gesto ceñudo y ya hice dos, tres pasos y quedaste atrás, pero jugaste, cómo jugaste, lo bien que jugaste. Cruzo Cabrera y llego hasta Gorriti, donde luego de arrancar una flor – este detalle romántico no tiene intenciones de serlo pero qué querés que haga si así pasó – atravieso la calle para hacer tiempo mirando las chucherías de este barrio tan paquete y ahí, audaz varón del que podría enamorarme como quien no quiere la cosa, siento la mano suave que me toca por primera vez, lo primero que tocaste fue mi hombro.

- ¿Te conozco? – me decís.

Hasta aquí, tu absoluta audacia. Pero de qué están hechos los varones que arrabaleros se piantan en tu camino con osadía, interrumpiendo el hilvanar de nervios frente a una primera cita que no es con ellos. Parecen tan orgánicos y tan mecánicos al mismo tiempo. Como insectos que te miran de reojo y reaccionan frente a nuestro primer avance en el cortejo con un chiste demasiado usado, demasiado tierno. Un varón que se detiene para hablarte, que busca saber tu teléfono, que te mira en detalle, que te ríe, que te relata el motivo que tiene a cuestas, o adelante, o por los costados o guardado en las medias junto a una antología que no querés escuchar. Introyección del macho de turno, corrección de última hora, profundidad en lo que la autora dice, fe de erratas y ahí va: que no querés ser escuchada. Varón del que podría enamorarme como quién no quiere la cosa, si sólo supieras que en el relato que doy sobre cómo es conveniente hacer el amor me dejo entrever con más fidelidad que rememorándote miserias; varón, varón ¿para qué preguntarme sobre mi hermana? ¿Qué sentido tiene saber lo que metí en mi nariz? ¿No te bastan las canciones de Rock para entender cómo vivió un adolescente? Hagamos así… llamame mañana que voy, [acá iba algo, pero no sé cómo voy, pero que voy] voy seguro.

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23 de noviembre de 2006

Zrí

Los anteojos me quedaban bien cuando tenía los ocho kilos demás que perdí no sé por qué. Esta vez no me había dejado ningún novio, tampoco se había muerto ninguno. Nótese que separo, como dos estímulos que sólo tienen que ver en mi delgadez, por un lado a la acción desde un varón de dejarme y por el otro, también desde un varón, a la acción de morirse. Pongamos que miro desde tres estratos distintos de mi charlatanería esta dicotomía.

Absolutamente sobria, en vigilia y con los ojos abiertos, despierta, fresca, rozagante, impulsiva y receptorísima, las dos cosas serían una sola.

En el medio, apretujada, atada con un cordón umbilical deshidratado, uno áspero y bordó, acalambrada e inmovilizada, con un chillar en los dientes que se muerden a más no poder para que los contornos no aprisionen, las dos cosas me estorbarían. Estaría pateándolas demandando un lugar. Un estrato que equivale a un momento arcaico de la especie. Algún encuentro con un depredador, un miedo terrible, la primera visión de un rayo, o el ruido estridente del trueno que lo anuncia, pero no se sabe, pero no anuncia. El miedo detrás del miedo. La sombra que corre detrás de la cosa. La oveja de Kafka. Las dos cosas serían un estorbo. Habría sólo un sentimiento: el resto o yo. Un matame hijo de puta, porque sino te mato yo. Un esto es así. Pensándolo mejor, este estrato cambia la dicotomía por una que me involucre disyuntivamente. No no, pensándolo aún mejor: este estrato reduce a lo mínimo necesario para sentirme viva las ofrendas que pueden caber en siglos.

Un último estrato absorta, como laberinto etéreo, un vaivén de nada, la palabra, ni la palabra. Me despeino. Soy la evidencia empírica que necesita la Física Cuántica. Polvo, el estornudo de un dios. En una canica de Spielberg las dos cosas serían todo que se multiplica erráticamente.

Pongamos, ahora, que me encuentro en el reflejo del vidrio ¿qué pasó?

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22 de noviembre de 2006

Superman, El Hombre Araña, Los Cuatro Fantásticos y todos los X-Men lejos de inculcar valores, moral y códigos en la sociedad le otorgan a ella un poder peligrosísimo. Escuchame una cosa Superman, si vos venís de otro lado, ¿qué metes mano, cornudo? Si yo veo a una comunidad de Bonobos dándole murra a una cría indefensa, me quedo quieta y a lo sumo saco 5 gigas de fotos, pero no me meto ¿entendés? Si nosotros tenemos ganas de inventar una bomba de hidrógeno para explotarla en el más ruín de los pueblos africanos vos no tenés por qué meterte en el medio. Sos un forro, te metés, hacés que la bomba no explote y la gilada piensa que está bien. No querido, no podés mezclar batatas con papas, date cuenta.

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19 de noviembre de 2006

Quiero que sepas algo. Que seas un adicto en remoción, que tengas tonito de arrogante, que no puedas evitar interrumpirme todo el tiempo, que no me des pelota cuando lo demando con eufemismos, que tengas ese tatuaje espantoso en el brazo derecho, que no me contestes los mensajitos al fonito cuando yo quiero, que tu café sea el más feo del planeta, que no pueda fumar marihuana cuando estás vos ni cuando estés por venir ni cuando esté por ir, que te guste ese tema pedorro de Simon & Garfunkel, que te encante abrazarme cuando duermo y es pleno verano, que seas un proletario caricaturizado, que tengas una rutina perfecta, que seas responsable, que cantes en la ducha, que uses esos anteojos de sol horrendos, que no me llames, que te guste el psicoanálisis, que te psicoanalices, que tu hermano sea tu hermano, que te comportes como un pavote cuando te estoy diciendo algo serio, que no sepa nunca lo que estás pensando, que insistas con el formato wav, que no seas un tecnofílico, que te baste un tango para retorcerme el encéfalo, que me pidas que te cante, que te niegues a la desmesura, que estés tan ocupado, que estudies lo mismo que yo, que tengas mejor promedio, que no vayas al médico, que sepas mejor que nadie lo que querés me importa tres carajos cuando me tocas la nuca para avisarme que me serviste un mate.

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13 de noviembre de 2006

Rehabilitación

Las mejores relaciones siempre las tuve con hombres que me despertaron luego, quiero decir con luego, varones que me agradaron después, no inmediatamente. Lo que pasa es que para mí están los tipos que te encandilan al instante de verlos, esos que decidís llevártelos a la cama aunque no sepan conjugar bien un verbo o aunque se les escape por ahí algún lugar archicomún cuando quieren parecer interesados en un tema; y están los otros, esos que entran en la habitación donde estás vos y si volteas para mirarlo lo pasas rápido esperando si hay de la otra especie. Ese tipo que se pone a hablar en la mesa y vos lo escuchas atenta al mismo tiempo que te preguntas a cuál de todos estos le daría murra hoy. Ese que está exactamente hablándote cuando te hacés la pregunta mirando a su alrededor. Entonces están estos tipos: el que te encandila y el que pasas de largo. Decía que mis mejores relaciones las tuve con tipos que me despertaron luego esas incontrolables ganas (y evidentes en mis gestos, y obsecuentes en los chistes, y soberbias en la seguridad de tener meta) de dar un beso, de tocar, de apretar la piel, de raspar con los dientes el cuello, de tirar el pelo, de apretar con la entrepierna sobre su jean para que sienta más, del primer contacto de piel to piel ahí, del entrecortado respiro en las orejas, de la lengua en la oreja, del jadeo suave, de la mirada en silencio, del grito aprisionado hace rato, de eso. Siempre y sin excepción aquél tipo que de movida entró como suplente termina, desconociendo con ingenuidad el modo en el que lo hace, termina digo, siendo uno de mis Top Five, termina siendo anécdota con sonrisa, siendo quizás por quien lloro, o con quien no juego a lastimar, quizás algún día uno de esos termine siendo mi próximo divorcio, andá a saber. Lo que me llama la atención es que aún conociendo esta Ley, y sabiendo que al parecer es irrevocable, cada vez que me encuentro con uno de esos varones y doy, luego, rienda suelta a mis ganas más inherentes, vuelvo a casa y me sigo sorprendiendo como la primera vez. Como si no supiera yo de leyes. Como si no existiesen ya. Como si hubiera que inventarlas a todas de nuevo a partir de esta sorpresa que tiene, si el azar juega a mi favor, que loopearse indefinidamente.

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12 de noviembre de 2006

Hay mucha gente idolatrando los cinco minutos en la cama, y ni hablar si se viene una seguidilla de días nublados, todos monotemáticos. Te hablan de acurrucarse, de enredarse, de hacerse los boludos, de serenarse, de despabilarse, de desperezarse, de descontracurarse, de tocarse las rodillas con el mentón y están los que osan hacer analogías con el útero de la madre que los parió. Ponele que yo me ponga a hacer algo parecido, ponele que tenga que contarles cómo me despierto. Lo primero que haría sería contarles qué cachete del culo me rasco primero, lo segundo sería dejarles bien claro cómo me hincha las pelotas este invierno en primavera. De noche (porque ahora soy una chica bien que se acuesta a la hora que se tiene que acostar) cierro las ventanas porque se me enredan las trenzas del pelo con estalactitas y estalagmitas, y a la mañana siguiente (¿ves? acá te miento y te tiro desparramando por el piso eso de la chica bien porque sólo en contadas excepciones abro los ojos por la mañana, para mí el mediodía sigue siendo temprano, muy temprano, excepto cuando ando por casas ajenas y me molesta el olor a sábana que no es blanca, pocas veces es blanca), a la mañana siguiente digo, veo todo azulado porque la piel se adueña de la retina y me había quedado sin aire. Este invierno en primavera discrimina a mis pulmones o es mi estética la que los deja sin aire, porque, consejo para la dama, las estalactitas y las estalagmitas no quedan bien con el cabello morocho.

Ponele, algo así te escribiría, no se me ocurriría ni una sola frase que pondere a esos famosos cinco minutos que preceden la jornada.

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23 de mayo de 2006

Casi una rubia

El otro día estaba tomando un riquísimo café en Corrientes, y una rubia, muy pero muy muy bonita, se me para al lado y me pregunta

- Disculpame, ¿me puedo sentar con vos? Es que están todos los lugares ocupados y vos acá tenés libre… bueno, nada ¿puedo?

Yo la miro de pies a cabeza, y la verdad es que no iba a dejar que se siente – es que yo abarco todo lugar donde pongo el culo –, pero no va que cuando le miro las manos a la mina le faltaban dos dedos y bueh…

- Seee, dale nomás, sentate, no hay drama.

Yo pasaba las hojas y realmente me preguntaba por qué mierrrda la había dejado sentarse enfrente mío si yo ahora no podía estudiar. ¡Sí sabía que no iba a poder estudiar con alguien sentado al otro lado de la mesa! Es como que la mera presencia de otro te obliga a comentar cualquier pelotudez que encare una charla… Está bien me dije para adentro, si hay que encarar un tema, yo lo encaro che… no vaya a ser que esta mina después me olvide.

- Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta? – le dije con mi mejor tono de decime la hora o me convidarías fuego.
- Sí, decime.
- ¿Por qué crees que dejé que te sientes?
- …… - con sonrisa, la rubia no sabía si la estaba cargando o si la abajo firmante estaba totalmente desquiciada y en cualquier momento sacaba un cuchillo de 35 cm y le desfiguraba la cara por linda.

- Nono, en serio te pregunto. ¿Por qué pensás que accedí a tu pedido?
- Mmmm, es una buena pregunta. Supongo que por mis dedos.
- ¡Ja! Y ¿te referís a los que te faltan o a los que tenés?
- Ja ja ja ja – se rió arreglándose el mechón de pelo que se le metía en la boca, ahí pude distinguir bien que los dedos que le faltaban, eran en realidad, no dos, sino uno y medio – me refiero a los que me faltan, claramente, los otros son un tema bastante más aburrido.
- Mmm, no te creas, eh. Sabiendo mejor que nadie que los dedos pueden perderse, no imagino las cosas que andarás haciendo con los que te quedan.

La rubia no paraba de reírse con cada comentario que hacía. Todo lo que cuento es verdad. Pero si no me creen lo entiendo, porque inclusive a mí me parecía un poco surrealista todo lo que estaba pasando. Es que la rubia tenía que ser o una loca desquiciada como yo o realmente creer que en cualquier momento le iba a rebanar la jeta con mi cuchillo oculto en mi nueva carterita hindú; es que no podía explicarme qué hacía esta mina riéndose de sus falanges perdidas con una morocha totalmente desconocida en un café en la calle Corrientes. Me inquinaban mis dudas y

- Así que ¿de verdad pensás que dejé que te sientes en esta mesa, conmigo, por los dedos que te faltan?
- Sí, en serio ¿no me lo preguntabas en serio vos? – me apuró sin titubeos.
- Sí, te lo preguntaba en serio, claro. Y ¿pensás que fue lástima o morbosidad?
- Mmm, esa es difícil. Porque, la verdad es que no sé por mi cuenta qué te motivó a decirme que sí, pero sé lo que querés que te conteste, y ahora si te contesto no voy a saber si estoy contestando lo que querés oír o lo que realmente yo pienso.
- Que de igual modo, puede coincidir ¿no?
- Sí, coincide.
- Entonces ya sabés por qué fue.
- Sí.
- ¿Y qué crees?
- Ya te dije, no sé si lo creo, lo crees vos, o coincide.
- Me dijiste que coincide.
- Sí, es que coincide.
- ¿Me estás cargando? Contestame, ¿lástima o morbosidad?
- No, decime vos, ¿lástima o morbosidad? Así perdemos el tiempo.
- Nono, no te voy a decir, porque sino vas a hacer que coincida y así entonces yo no voy a saber lo que verdaderamente pensabas.
- ¿Me estás cargando vos a mí a ahora? Ya te dije que no sé lo que creo, ni lo que crees vos, sólo sé que coincide. Las cosas deberían ser así de sencillas, nadie lo entiende.
- Ni yo, perdón, pero no lo entiendo.
- Claro, las cosas tendrían que ser así de sencillas. Qué carajo te importa lo que yo piense y qué mierda me importa a mí, lo que pensás vos. Ufff, no ves, si te vieras la cara, por dios, si te la vieras. No entendés nada de lo que te estoy diciendo, pero no te das cuenta que a vos te pasa, todo el tiempo, lo mismo que me está pasando a mí con vos ahora.
- Pará pará. ¿El punto es que no importa lo que piense el otro?
- No…
- ……
- No es eso, ya te dije, no importa lo que piensa el otro, no importa nunca.
- ¿El punto es que importa que coincidamos?

A la rubia le suena el celular, parecía ser la madre o alguna amiga, me deja cinco pesos para que le pague el café que pidió, y me dice

- Yo siempre paso por acá, a esta hora, siempre después del trabajo, si no veo lugar y estás, me siento con vos ¿dale?
- Entonces... ¿es coincidir?
- Si estás...

Agarró la bufanda, la cartera, el celular, y se fue rápido como vino.

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21 de mayo de 2006

Cuento

Ya lo tengo planeado. Vos vas a ser el que me de todos los motivos suculentos para escribir. A lo que viene yo llamo escribir. Vas a ser una persona que me caliente hasta los huesos. Vas a ser un misterio que al final no decía nada. Como la pollera de la estatua que ningún soldado pudo levantar. Vas a besarme siempre sorpresivamente y con las manos manchadas de pintura azul vas a tirarme del pelo hasta que me deje – querer –. Yo te voy a llamar por teléfono. Vos, por orgullo, no. Vos vas a tener un departamento pelado sobre Av. de Mayo y entonces, como dije, yo te voy a llamar por teléfono. - ¿Nos vemos? – voy a decirte desde el celular. Y me vas a responder que sí. Y yo te voy a esperar veinte minutos debajo de la lluvia, parada en una esquina o aprovechando el tiempo buscando libros o charlando con Costanzo en El Ventanal. Pasados los veinte minutos de tu impuntualidad consciente te voy a sorprender cuando estés a punto de hacerme cosquillas por detrás y diciéndome ¿vamos? yo te voy a seguir tres pisos arriba por escalera porque le temés a los ascensores desde que viste a una vieja que gritaba arrancándose las canas cuando se quedó encerrada en un ascensor en Rosario, cuando tenías tres años y eras un purrete con los cachetes siempre colorados porque tu vieja se zarpaba de tanto abrigarte. Que en paz descanse, che.

Entonces, cuando ya estemos arriba y estés a punto de abrir la puerta, yo voy a dejar de mirarte fijo para mover mis ojos hacia el centro del monoambiente, voy a querer ver si esta vez me diste el gusto y pegaste la foto de Cortázar que te regalé, la que me había regalado mi ex. Pero nunca la voy a ver, porque me decís que siempre te olvidas de pegarla y yo siempre te creo. Porque te olvidas en serio.

Ponés la pava en el fuego y me preguntas si dulce o amargo, ahí te acordás que era amargo y como sabés que ese detalle sí me enoja me mentís diciéndome que ayer a las tres de la mañana escribiste dos líneas que eran para mí. Yo también, te digo, sacando de la mochila el Página para mostrarte que en el Borges hay un ciclo de cine caótico y con un gesto arrogante revisas el programa para concluir que ya las viste a todas y me aconsejas ver esta y la otra no. Aprovechas que el Página está en tus manos y hojeas la parte de las malas noticias o noticias aburridas y como el viejo que a veces te sale de adentro decís refunfuñando que en este país ya no se puede vivir, mirá lo que pasa en la UBA, che y corriendo el tono argentino de lugar me decís, dale, cebá vos. Y yo cebo mate hasta que se termina el agua, a veces me levanto de la silla para ver cómo llueve desde la ventana y vos seguís leyendo el Página. Cuando terminás, mirás lo que llevo puesto y me preguntás qué nueva cosa aprendí en la facu y si todavía me gusta la carrera que elegí. Te contesto alguna boludez que intento que suene con audacia, pero me sonreís dándome a entender que esta vez no tuve suerte. Y entonces yo veo en esa sonrisa mis ganas reflejadas y vos no te aguantas la soberbia y me preguntas cuántas ganas tengo ahora de besarte. Yo que con vos no juego te voy a decir la cantidad exacta y moviéndome dos pasos hacia la izquierda de la ventana desde donde veo cómo ya dejó de llover, apoyo mi rodilla derecha en la cama deshecha y vos bordeándome te acercas a un paso de la ventana, confirmas que la lluvia había cesado, giras el cuello hacia el mío que tenés en frente y con un empujón me hacés caer boca abajo en la cama. Entonces yo reacciono con una onomatopeya, algo que suena como un ja y vos te recostas a mi lado y antes de hacerme el amor me preguntas realmente preocupado

- ¿No tenemos nada que reprocharnos?

Yo te respondo que no.

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